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Movimientos sociales e intendencias buscan hacer más accesibles los alimentos

¿Cuánto puede bajar el precio de un alimento con otras cadenas de comercialización? Eva Verde escucha la pregunta, pero duda en contestar: no le gusta dar como respuesta un número. No quiere hablar solamente de precios porque en la compra se pone en juego mucho más: la calidad nutricional, por ejemplo; o saber quién y cómo produjo un alimento. Es un paquete.

Pero ahora la pregunta es por el precio, y el de los alimentos de primera necesidad.

En el almacén popular donde estamos venden la mayor parte de esa canasta. Hay aceite, leche, quesos, harina, bolsones de verdura fresca, yerba, fideos, legumbres. Más baratos que en los locales que abastecen al barrio -los tradicionales chinos y las grandes cadenas de supermercados-, o llegan al mismo precio que los Productos Esenciales, que con cada aumento del dólar se vuelven más difíciles de encontrar. Y todos salen de empresas recuperadas o de cooperativas.

El local está ubicado en San Martín, casi al límite donde termina el primer cordón del conurbano y empieza el segundo: barrio Libertador. Sobre una calle comercial, aunque con más rejas y que vidrieras. Vecinos de cuatro barrios -Lanzone, 9 de Julio, Costa Esperanza, el propio Libertador- se abastecen en esta calle que tiene algo de ruta por su tránsito continuo y de doble mano.

San Martín es –todavía– un centro industrial. Tiene, por ejemplo, el segundo polo textil del país. Hay mucha PyMEs, aunque toda su capacidad industrial está golpeada por los cuatro años de gobierno de Cambiemos. En el partido hay zonas de pobreza reciente y otras de pobreza estructural, que existen desde antes que esta crisis. En términos de consumo, su volumen es de peso: el municipio tiene 500 mil habitantes.

El almacén fue abierto como una iniciativa del Frente Darío Santillán, la semana pasada, con un acto al que vino el intendente Gabriel Katopodis. Estas experiencias de comercialización directas del productor al consumidor se vienen expandiendo en la ciudad de Buenos Aires y en el Conurbano.

En todo el AMBA han surgido círculos de consumo, compras comunitarias, nodos de distribución de verduras, ferias; incluso se abrió un mercado de verduras mayorista alternativo. Son cadenas de la economía social, con un pie en las redes (ya que usan facebook e instagram como medios de difusión) y otro en el territorio, a través de ferias o pequeños locales. En la foto, la Red Buen Vivir, del MP La Dignidad.

La dolarización del precio de los alimentos los vuelve en estos días más visibles, porque sin plata en el bolsillo no sólo los sectores populares sino también la clase media busca dónde comprar lo básico. El tema de fondo que plantea el fenómeno es la seguridad alimentaria: cómo poner en la mesa familiar, todos los días, las dos comidas principales completas, con proteínas e hidratos de calidad. Sin que los productos de la canasta alimentaria básica sean rehenes del mercado.

Básicos

Hasta hace poco, la seguridad alimentaria podía sonar como un tema forzado en nuestra agenda política. Sin embargo, más de cinco millones de argentinos hoy no tienen garantizada la canasta alimentaria. Los precios de los alimentos subieron el doble que el salario mínimo y vital desde 2016, planteando un problema concreto de acceso a la comida. En el interior de los hogares, las dietas son recortadas, porque los alimentos de mayor precio se dejan de consumir. En los controles de peso y talla que hacen organizaciones sociales como Barrios de Pie con los niños de sus comedores, aparece la malnutrición como un mal extendido, y que se traduce en chicos con sobrepeso y en algunos casos baja talla.

Mónica Orellana es una de las vendedoras del almacén de Libertador al 7037. Integra el Frente Darío Santillán, al que pertenece el MeCoPo, una red formada por 12 almacenes y 20 círculos de compra que distribuye productos de cooperativas y empresas recuperadas, sin sobreprecios.

En el almacén ofrecen marcas que no llegan a las góndolas: yerba de cooperativas de Misiones (Las Tunas), leches y quesos de empresas recuperadas (7mo Varón y Bandolero, de la Cooperativa El Amanecer). Azúcar, miel, harina (del molino recuperado de Saladillo), legumbres, aceite de oliva y de maíz, pastas, dulce de leche. Juguetes artesanales, productos de herrería (de las cooperativas del FPDS), jabón de tocador y artículos de limpieza.

Dos veces por semana, además de atender el mostrador, Mónica y sus compañeras arman bolsones de verduras que sacan a la venta aprovechado un camión que recorre los barrios llevando la garrafa social. El camión hace sus entregas en las esquinas y de paso ofrece la verdura, que es más barata porque la compra el municipio, al por mayor, adquiriéndola a traves del MeCoPo a productores de la agricultura familiar. El MeCopo la fracciona, embolsa y vende. Lo que recauda vuelve al fondo de compras creado por el municipio, para la próxima compra. verduras, dice Mónica, se venden como pan caliente.

“El cuello de botella que tenemos en la economía popular es la venta. Con el Mecopo le damos salida a lo que hacemos”.

Los productos de la economía popular también son comercializados en ferias. Los ofrecerían en supermercados si se sancionara la ley de Góndolas, un proyecto que está a la espera de su tratamiento en el Congreso. También mandan mercadería al centro comunitario del Frente Darío Santillán en el asentamiento, para que los vecinos puedan comprarla. ¿A qué precio? La estimación de Eva Verde es que, en promedio, logran bajarlos en un 30 por ciento.

El Estado

En San Martín funciona un Consejo de la Economía Popular. Es una mesa donde una vez al mes el municipio, la Universidad Nacional (UNSAM), empresas recuperadas, cooperativas y sindicatos discuten sobre la situación en los barrios. Así se desarrollan políticas públicas para el territorio.

En el primer piso de la intendencia, Oscar Minteguía, secretario de Desarrollo Social, escucha la pregunta. ¿Qué puede hacer el Estado por estos modos de comercialización?

Su despacho está en el primer piso del edificio municipal, enteramente vidriado, que da a la plaza. Minteguía cuenta que con el intendente Gabriel Katopodis vienen de una experiencia de economía popular de mediados de los 80 que se llamó SerCuPo, servicio de la cultura popular. “Consistía en que un conjunto de familias se organizara para el consumo de productos de la canasta básica en forma conjunta. Sercupo compraba a los pequeños productores del interior; la yerba, por ejemplo, al MAM, el Movimiento Agrario Misionero. Las compras se fraccionaban en un galpón, que estuvo primero en Ciudadela y más tarde en La Tablada, y se distribuían barrio por barrio. En su pico máximo llegó a 115 barrios.”

“Esa experiencia funcionó desde mediados de los ’80 hasta el 89, cuando la hiperinflación nos mató. Es que hubo un momento en que al por ejemplo precio del azúcar no lo sabíamos: el proveedor lo ponía en el mismo momento en que le íbamos a comprar… La hiperinflación estalló la organización, pero quedó la experiencia. Imaginate que había mil familias organizadas”.

“Cuando empezamos la gestión, a finales de 2011, creamos una dirección general de economía social y solidaria, que empezó a construir instrumentos de diálogo con la economía popular e instrumentos de acción gubernamental, como ordenanzas y fondos de créditos. Empezamos también a desarrollar programas de comercialización, con ferias. Hoy hacemos 9 por mes, en distintas plazas. A la plaza principal -Minteguia señala abajo, a las amplias veredas que rodean la municipalidad- traen sus productos más de 250 feriantes y los ven más de 8 mil personas. Todo lo que se vende en la feria es directo del productor al consumidor”.

“Otra pata es tenemos es el compre municipal a empresas sociales, que están anotadas en un registro. Le compramos a 28 cooperativas, bienes y servicios. El poder de compra de un municipio es muy grande. Por ejemplo, tiene que abastecer a todos sus comedores”.

El apoyo al almacen del Frente Darío Santillán tiene que ver con probar cómo funcionaría un sistema de abastecimiento de insumos básicos para la población. «Lo que buscamos es que haya un paquete de productos que no sean prenda de las tensiones y los vaivenes de la economía. En la línea de lo que dice Daniel Arroyo sobre que en un país que produce alimentos para 400 millones de personas, no puede pasarnos que los alimentos básicos aumenten al valor del dólar».

En el territorio

Para abrir el almacén, el Mecopo eligió un local en la calle más comercial del barrio Libertador. Su centro comunitario, la casa en la que Frente Darío Santillán hace sus actividades, está a diez cuadras de distancia, metida en el asentamiento de Costa Esperanza. Mónica Orellana, la vendedora, lo conoce bien porque vivió ahí hasta que se separó del marido.

El centro comunitario es un edificio de dos pisos donde se puede ver el trabajo de la organización: en la planta baja tres personas están preparando la comida del comedor donde almuerzan los integrantes de las cooperativas, más los chicos y otras familias del barrio. Subiendo una escalera, en el primer piso, funciona un bachillerato popular y una primaria para adultos. Una de las salas fue convertida en guardería, que hay que cruzar entre niños que van de una mesa a otra, entretenidos en sus primeros dibujos. “Sin esta guardería las compañeras no podrían estudiar ni trabajar”, explica Mónica.

¿No hay cerca escuelas del estado? Sí, pero su oferta fue recortada con el ajuste que la gobernadora María Eugenia Vidal hizo en los secundarios para adultos, justo en el momento en que Desarrollo Social reformuló los programas de empleo, fijándoles como contraprestación la obligación de completar los estudios. Por eso abrieron el bachillerato.

Un piso más arriba están haciendo un nuevo espacio para los talleres. Los albañiles de la cooperativa de construcción que colocan ladrillos participan de un programa que hace baños en el barrio. Es otro programa municipal: la familia que necesita refaccionar su baño o que no tiene, se anota en un listado. Los visita una asistente social, luego le mandan la cooperativa de construcción.

“Estoy orgullosa de todo esto que hacemos”. Hace 20 años, Mónica fue una de las mujeres que tomaron estos terrenos en los que nació el asentamiento, que desde el comienzo fue un barrio organizado, con trazado de calles en lugar de pasillos. Ahora tienen calles asfaltadas.

En estos meses de disparada de los precios, como integrante de una de las cooperativas del FPDS Mónica va a comer al comedor y así achica sus gastos. Igual que otros compañeros de cooperativa textil, la herrería o en el comedor, cobra el salario social de 7500 pesos. Complementa us ingresos con la producción vendida en las ferias. Como todas, está endeudada: le pidió un crédito al Anses para comprarle al hijo los útiles de la escuela técnica donde cursa el secundario.

En pocos metros hay personas cuidando a los niños, otras preparando el almuerzo del comedor, enseñando en el bachillerato, construyendo la ampliación, produciendo talleres. Lo hacen como parte de un movimiento que busca de ser reconocido no como organización paliativa de la pobreza, sino en su fuerza económica. Si se les pregunta, aseguran que consumen “prácticamente nada”. Pero no es tan así.

Seguridad alimentaria

«El Estado tiene una potencia enorme, y cuando trabaja con las organizaciones en forma articulada mucho más, porque tiene no sólo capacidad de compra», retomará después Minteguía, el secretario de Desarrollo Social, en el primer piso de la municipalidad. Algunas anotaciones de esa charla:

*” Como estado tenemos la capacidad de regular ciertos procesos, de intervenir. Por ejemplo, con el financiamiento. Creamos un fondo que lleva otorgados 30 millones de pesos, con más de un 98 por ciento de recupero, a la economía social”.

“Los productos de las cooperativas estuvieron siempre reservados a un consumo más militante. El trabajo que hay que hacer es mostrarle al consumidor no militante que en precio y calidad los productos de la economía popular están mejor, porque no tienen el componente de hacer ganancia a cualquier costo… Nosotros compramos bolsones de verduras a muy buen precio y calidad de productores del segundo cordón del conurbano, y fruta de otras localidades, y estamos procurando que las familias compren esa verdura y la incorporen a su dieta. Cuando hacemos circular hortalizas, yogurt o cereales encontramos que hay productos que directamente se están dejando de consumir. Con las verduras tuvimos que mandar recetas y hacer capacitaciones, porque no vuelven a la mesa automáticamente».

* El estado municipal puede también ordenar el uso de espacio público para que sea un espacio de intercambio, como con las ferias.

*” Hay un tema de seguridad alimentaria. El año que viene queremos avanzar muy fuerte en esto, asegurar el abastecimiento de insumos básicos para la canasta familiar, que no pueden estar al albedrío de la puja comercial”.

Otro paradigma

Eva Verde señala la concentración del mercado de los alimentos. “En el súper, aunque nos parezca que estamos eligiendo entre una amplia variedad, todo sale de unas pocas corporaciones. La enorme cantidad de marcas y envases encubre que, en rigor, le compramos a un mercado concentrado”.

Integrante del FPDS, conoce de compras. Tuvo por años un restaurante en el microcentro porteño, que cerró poco después de asumido el gobierno de Cambiemos. Volcó entonces todas sus energías al MeCoPo, del que ahora es una de sus principales impulsoras. Hace el nexo con recuperadas y cooperativas y por eso conoce qué pasa en los lugares donde el camión carga su compra.

Cuenta por ejemplo que los trabajadores del molino recuperado Sicsa, antes de entrar a esta cadena de comercialización sólo vendían bolsas de 25 y 50 kilos de harina. Ahora están envasándola por kilo.

Sobre el empleo formal, todos estos esfuerzos tienen poco efecto. Más que estrategias de generación de empleo, la economía popular está hecha de estrategias de generación de ingresos: produce bienes, sí, pero difícilmente genera más puestos de trabajo formales. Es difícil medir sus efectos en términos de ingresos. Por ahora, lo que se puede señalar son datos sueltos: la producción hortícola de los quinteros llega a precios más bajos a los barrios, donde el consumo de los comedores y las familias les garantizan a su vez el compre de su producción. Las recuperadas pueden diversificar sus productos. Las cooperativas encuentran canales de venta que en las cadenas de supermercados les están vedados, y en la medida en que llegan al territorio lo irrigan capilarmente. Es un movimiento que democratiza la producción de alimentos y su distribución, y que evita que el consumo de los hogares se repliegue. 

(Fuente: Pagina 12)