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San Martín y una pregunta incómoda: ¿de qué libertad hablamos los argentinos hoy?

Cada 17 de agosto, la Argentina recuerda al General José de San Martín, uno de los hombres fundamentales de nuestra historia y protagonista de una gesta cuyo objetivo fue mucho más grande que la independencia de un territorio: la libertad de los pueblos. La fecha conmemora su paso a la inmortalidad, ocurrido el 17 de agosto de 1850, y forma parte del calendario de feriados nacionales de nuestro país.

Pero cada año, además de recordar al Libertador, deberíamos hacernos una pregunta: ¿qué significa ser libres en la Argentina de hoy?

San Martín luchó contra un poder colonial que sometía a los pueblos y decidió emprender una de las campañas militares más extraordinarias de la historia americana. Su proyecto no se limitó a liberar a la Argentina. El Ejército de los Andes cruzó la cordillera y participó decisivamente en la independencia de Chile y Perú. La libertad, para San Martín, no podía ser una palabra vacía: implicaba soberanía, dignidad y la posibilidad de que los pueblos decidieran su propio destino.

Dos siglos después, la palabra “libertad” vuelve a ocupar el centro de la escena política argentina. El gobierno de Javier Milei la convirtió en una de sus principales banderas y la colocó prácticamente en el corazón de su discurso político. Incluso en un acto oficial de marzo de 2026, el Presidente volvió a reivindicar el valor de la libertad asociado a la figura de San Martín y al Regimiento de Granaderos a Caballo.

Y justamente por eso resulta inevitable preguntarnos: ¿libertad para quién?

Porque la libertad no puede reducirse solamente a la posibilidad de elegir qué comprar, qué vender o cuánto puede intervenir el Estado. Tampoco puede significar que cada persona quede librada exclusivamente a su propia suerte.

¿Qué libertad tiene una familia que debe elegir entre pagar una factura o comprar alimentos? ¿Qué libertad tiene un trabajador cuando el salario no alcanza para llegar a fin de mes? ¿Qué libertad tiene un jubilado que debe recortar medicamentos, comida o servicios básicos? ¿Qué libertad tiene un joven que no encuentra oportunidades para estudiar, trabajar y construir un proyecto de vida?

La libertad también es tener educación, salud, trabajo digno, vivienda, seguridad, acceso a la cultura y posibilidades reales de progresar.

Y allí aparece una diferencia profunda entre la libertad entendida como consigna política y la libertad entendida como derecho social.

San Martín no peleó para que unos pocos fueran libres mientras otros permanecieran sometidos. La independencia fue pensada como un proyecto colectivo. Por eso resulta difícil no mirar la Argentina actual y preguntarnos si estamos construyendo una sociedad con más libertad o simplemente trasladando cada vez más responsabilidades hacia individuos que muchas veces no cuentan con las herramientas necesarias para afrontarlas.

El problema no es defender la libertad. El problema es vaciarla de contenido.

Porque nadie puede sentirse verdaderamente libre si vive con miedo a perder su empleo, si no puede acceder a una atención médica, si una familia no puede garantizar una alimentación adecuada para sus hijos o si estudiar se convierte en un privilegio reservado para quienes pueden pagarlo.

Y también existe otra libertad que debemos defender: la libertad de pensar distinto.

La Argentina no necesita ciudadanos que repitan consignas. Necesita ciudadanos que puedan cuestionar al poder, reclamar, movilizarse, organizarse y expresar sus desacuerdos sin ser descalificados por hacerlo. Una democracia fuerte no se construye con obediencia; se construye con participación, pluralidad y respeto por quien piensa diferente.

Este 17 de agosto, entonces, quizás la mejor manera de homenajear a San Martín no sea solamente repetir que fue el “Libertador de América”. Quizás sea recuperar el sentido profundo de aquello por lo que luchó.

La libertad no debería ser un privilegio. Debería ser una condición de vida.

Y si hoy hay argentinos que sienten que trabajan más y pueden menos, que tienen menos oportunidades, que deben resignar derechos o que no pueden imaginar un futuro con tranquilidad, entonces hay algo que todavía tenemos pendiente como sociedad.

No alcanza con pronunciar la palabra libertad desde un palco.

Hay que preguntarse qué libertad estamos construyendo.

Porque San Martín no cruzó los Andes para que la libertad quedara escrita en los libros de historia. La defendió para que los pueblos pudieran decidir sobre su propio destino.

Y quizás ese sea el verdadero desafío de nuestro tiempo: que la libertad vuelva a significar dignidad, igualdad de oportunidades, soberanía y esperanza para todos los argentinos, y no solamente una consigna utilizada por el gobierno de turno.