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Johnson hace oídos sordos a la presión de los Comunes para que renuncie

Si el 10 de Downing Street es como un manicomio o el cuartel general de una mafia empeñada en defender a balazos su territorio (en este caso el Brexit), el Parlamento –y más ahora que ha reanudado sus sesiones tras la sentencia del Tribunal Supremo – es como uno de esos antiguos circos de tres pistas de P.T. Barnum o los hermanos Ringling que recorrían el Oeste americano, y donde uno no sabía adónde mirar porque todo el tiempo estaban pasando cosas a cuál más extraordinaria: un oso que bailaba, un elefante que se ponía a dos patas, una trapecista que volaba por los aires, un león que daba vueltas como un perrito, un mago que sacaba conejos de la chistera, un tío que se metía fuego en la boca, un malabarista que manejaba diez pelotas en el aire sin que se le cayeran al suelo…

A Boris Johnson, que ayer regresó precipitadamente de Nueva York para dar la cara ante los mismos Comunes que había finiquitado ilegalmente, las pelotas se le caen al suelo, el fuego le quema, los trucos políticos de magia no le salen, y como trapecista es tan nefasto que sólo la red –en este caso su determinación de no dimitir– le salva de la más brutal caída. Más bien es como un león enjaulado y herido, que ruge contra un Parlamento que lo tiene atrapado en un Gobierno en minoría de cuarenta escaños, no acepta el desafío de unas elecciones anticipadas, tampoco se decide a presentar una moción de censura, y prefiere seguir torturándolo hasta ver qué pasa el 31 de octubre.

Algunos diputados solicitan una Constitución escrita para evitar futuros excesos del Ejecutivo

Los diputados regresaron ayer al palacio de Westminster enfurecidos, enrabietados y con ganas de gresca, después de haber sido amordazados ilegalmente por el Gobierno para que cuestionaran lo mínimo posible sus planes del Brexit. Un coro de voces más rotundo que el del Orfeó Català –laboristas, liberales demócratas, Verdes, nacionalistas escoceses y galeses, independientes– pidió la cabeza del primer ministro por haber actuado contra la ley e involucrado a la reina en la maniobra (era necesaria su firma para la suspensión del Parlamento), dejándola en una situación de lo más embarazosa. Algunos pidieron una Constitución escrita que establezca claramente los límites del Ejecutivo.

Como Johnson –con jet lag tras aterrizar a las 12 de la mañana– se hacía el remolón a la hora de comparecer y enfrentarse a su ira, los legisladores la tomaron primero, calentando motores, con el líder del grupo parlamentario tory Jacob Rees-Mogg, que calificó la sentencia del Supremo de “golpe de Estado constitucional”; contra el fiscal general Geoffrey Cox, que recomendó la suspensión de los Comunes por considerarla “legal” y ayer respondió furioso que “este Parlamento está muerto y no tiene el coraje de ir a las urnas”, y contra el ministro Michael Gove, encargado de los preparativos del Brexit, que descartó la dimisión de Johnson “porque es un ganador nato como Guardiola”. Pero si Pep tiene en su haber tres Champions con el Barça y un porrón de ligas en España, Alemania e Inglaterra, el récord de Johnson como primer ministro no se le parece ni por asomo: en dos meses ha perdido una elección parcial, a 22 diputados de su partido, todas las votaciones y una sentencia del Tribunal Supremo. Si fuera un entrenador de fútbol no se comería los turrones.

Pero en la política británica, desde que David Cameron y Alex Salmond perdieron los referéndums del Brexit y la independencia de Escocia, se ha perdido la sana costumbre de dimitir cuando se mete la pata hasta el cuezo o se pierde la confianza del Parlamento o de los votantes. Theresa May desperdició numerosas oportunidades de hacerlo, y Johnson va por el mismo camino. Decía Benjamin Disraeli que la mejor manera de descubrir la debilidad de un gobierno es por la dureza de las medidas que toma. Como es el caso.

(Fuente:LaVanguardia)