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Reflexiones del escritor Juan Montalvo, resiste el paso del tiempo

«El pueblo ecuatoriano no necesitaba libertad, porque no pensaba; no necesitaba aire porque no respiraba; duraba como una piedra; no vivía como un pueblo”. Podría ser el comienzo de una novela histórica sobre el Ecuador, pero no lo fue, es una frase de Miguel de Unamuno citada en el prólogo de Las Catilinarias (1880-1882) del escritor ecuatoriano, Juan Montalvo, (1832-1889).


El siglo XIX no fue trepidante como el XXI, en esta época de informaciones rápidas y voraces, no hay oportunidad para la pausa. Pero en la centuria donde vivió el ensayista nativo de la ciudad de Ambato, provincia de Tungurahua, la cadencia epistolar fue la ama y señora de la época republicana, donde se valoró el trazo y la idea bien ejecutada. La prosa montalvina se caracterizó por la belleza y la fuerza. Montalvo fue uno de los mejores articulistas de la diatriba, se batió solo como gladiador romano contra, curas, políticos y sobre todo con tres ex-presidentes ecuatorianos: José María Urbina (1851-1856), Gabriel García Moreno (1860-1865; 1869; 1869-1875) y Crnl. Ignacio de Veintimilla (1876-1883).


Recopiló todos sus análisis en esas peroratas que las denominó Las Catilinarias para honrar los cuatro discursos de su admirado Cicerón. En ellas interpela, analiza, revisa la historia del inicio de la República del Ecuador, brinda soluciones y sobre todo critica hasta la saciedad a la clase política ecuatoriana.


Octubre de 2019, me atrevo a decir, será recordado por esos historiadores que buscan el indicio correcto como la resurrección de todos los vicios políticos que puede tener una nación y que acarrea desde su nacimiento. Ecuador en once días regresó a ser una piedra que solo resiste el paso del tiempo y las demagogias de sus gobernantes.


El movimiento indígena fue el más organizado y el más golpeado, pero también cometieron errores como los maltratos que recibieron los periodistas, es decir, cayeron en lo mismo. Sus dirigentes denunciaron que los militares y los policías los atacaron todos los días del paro nacional. Según, esta dirigencia hay vídeos en las redes sociales que lo confirman. Por su parte, en la cúpula central del presidente, Lenín Moreno, indicó que dentro de estos grupos existían delincuentes infiltrados financiados por el grupo del expresidente, Rafael Correa Delgado (2007-2017), y también se respaldaron con material audiovisual. Fue una toma y daca de versiones y acusaciones.


Así como en el siglo XIX, el racismo se apoderó del territorio ecuatoriano. De un lado se comenzó a generar un discurso de odio al indígena, como sinónimo de bárbaro, y por otro frente se los consideró héroes de la patria como cuando derrocaron a los mandatarios: Abdalá Bucaram (1996-1997) y Jamil Mahuad (1998-2000).
Montalvo en su tercera catilinaria tiene un relato metafórico que narra los daños a los oprimidos: los indios y las mujeres, por el colonialismo, el coronelismo y las falsas promesas de los políticos de la época. El escritor inventa una joven llamada Ecua que tuvo que casarse, con un tal don de apellido Madruñero.

Su padre llamado Dual le indicó que debía contraer nupcias con ese señor criollo, para que su futuro sea prometedor, bajo ese convencimiento, Ecua accedió. El tiempo pasó y su salud quebrantó, entonces su padre quiso descubrir el secreto de su dolor y se encontró que el marido de Ecua la vejaba, la pegaba, la trataba como una esclava:


El señor Dual quiso presentarse pidiendo el divorcio por causa de servicia; pero cuando Ecua, desecha en llanto, abierto el corazón ante su padre, le hubo descubierto las causas ocultas, alocado el cuerdo, enfurecido el manso, se fue para el monstruo y le mató. Su hija atajada de razones, ahogada por el pudor ofendido, le había confesado que ese hombre infame no gustaba de la naturaleza; que muchas veces, siendo bella aún, había querido borracho, ponerle en manos ajenas.


El Ecuador del siglo XXI sigue siendo Ecua, engañado y manipulado por las fauces de sus políticos de turno. En 2007, Correa ingresó como un reformador y poco a poco fue mutando, pero no se transformó en salvador, al contrario, se convirtió en una hiena insaciable que fue vencida por el odio y por la ambición que lleva en la sangre al igual que el ex presidente, Crnl. Ignacio de Veintemilla (1876-1883), según cuenta Montalvo:


“Ignacio de Veintemilla principió engañando, hizo luego algunos ensayos groseros de despotismo: le salieron bien, pasó adelante. La codicia es en él ímpetu natural, los bienes ajenos son carne, y los devora como tigre”.


Es estos días el correísmo mostró su iracunda esencia y desató el horror, y no es de alarmarse, Correa es un provocador nato. Ecuador siempre fue un país de manifestaciones, tal vez, la más despotricada fue la del 28 de enero de 1912 en dónde se arrastró y mató al ex presidente, Eloy Alfaro (1895-1901) (1906- 1911). Pero estas últimas jornadas fueron lides cargadas de violencia, la capital se convirtió en un campo de batalla, los infiltrados del movimiento indígena y ciudadano parecían soldados bien entrenados para el caos y la muerte. El 12 de octubre el fuego se apoderó del predio de la Contraloría del Estado, ahí donde reposaban los documentos y juicios contra ex funcionarios del correato.


Ahí otra coincidencia con el siglo que dio la vida a esta república, Veintimilla tenía una capacidad de provocación parecida a Correa y su ira fue desmedida. Un día el coronel cuando campeaba por la ciudad de Quito con su comitiva, según relata el autor de Las Catilinarias, un hombre meditabundo no vio pasar al mandatario, y su “excelencia”, así lo denomina Montalvo, agarró un puñado de tierra y lanzó a la cabeza del individuo distraído, el hombre aturdido buscó un palo, se defendió y le entregó tres garrotazos en el cuello al presidente ecuatoriano, apenas se dieron cuenta sus edecanes se dieron vuelta y lo agarraron, lo apalearon pero no lo mataron, lo apresaron, lo llevaron a un hospicio, lo declararon loco y cada día lo azotaron, después Veintemilla lo enjuició por criminal.


A la otra orilla del conflicto de octubre se encontraba el presidente, Lenín Moreno, un correísta convencido, un correísta arrepentido, ahora un anti-correísta. Moreno tuvo once días de grandilocuencias, agradecimientos, motivaciones, adulaciones y al final un llanto más de impotencia de líder que de dolor por el pueblo en llamas y manchado de sangre. En él lo superfluo se vuelve cotidiano. Si Montalvo estuviera vivo podría calificarle tranquilamente como el hombre de los grandes diminutivos, pequeñas decisiones y monumentales errores.

En el siglo XIX, también vivió un ex presidente sin carácter, esbirro y tibio: Gral. José María Urbina. Montalvo en sus ensayos catilinarios contó varias anécdotas, acciones y procederes de este militar y político decimonónico. Por ejemplo, Urbina fue un adulador barato: “la mentira era planta espontánea de sus labios”-escribe el ambateño- y su halago era empalagoso y sin talento.


El ensayista cuenta que el ex-presidente, Diego Noboa (1850-1851) durante su destierro escribía cartas de enorme cariño a Urbina: ¡Mi José María! lo llamaba, y éste le devolvía el cumplido: ¡Véngase, papá; ¡papacito, véngase! Noboa nunca supo que Urbina lo iba a traicionar:


Metió la cabeza el pobre anciano, y salió por allí: su hijo no le dejo ni tomar tierra: pasó de largo el ex-presidente a la expatriación tan dura como inicua. Si Urbina empezara a escribirme de papacito, yo no me atrevería a salir del Gran Hotel, porque temiera que el puñal de mi José María y de mi Ignacio estaría esperándome en el vestíbulo. (Cuarta catilinaria)


El actual mandatario, Moreno, ha coqueteado con todos e incluso con sus antiguos enemigos cuando era correísta de cepa, a ninguno le dice que no. Durante el conflicto por las movilizaciones en cadena nacional habló de amor, paz y esperanza, mientras, mi Lenín hablaba el ejército y la policía se desmandaba contra el pueblo. Moreno perdió la brújula, no tiene carácter para dirigir una nación que resiste y se mueve como una piedra.

FUENTE

Fuente: Perfil