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39° Encuentro Plurinacional: mujeres que transforman el dolor en lucha y la lucha en esperanza

Entre el dolor, el trabajo, los cuidados y la resistencia, miles de mujeres vuelven a encontrarse para recordar que ninguna conquista fue un regalo y que todavía queda mucho por defender. En 2027, el Encuentro Plurinacional llegará a Buenos Aires con una historia de luchas, abrazos y derechos que se niegan a desaparecer.

Hay luchas que no aparecen en los diarios. Historias que transcurren puertas adentro, en una casa donde una madre intenta llegar a fin de mes, en una mujer que trabaja durante horas y después vuelve a su hogar para comenzar una segunda jornada, en aquella que cuida a sus hijos, a sus padres o a alguien que necesita de ella, mientras muchas veces nadie se detiene a preguntarle quién la cuida.

Hay mujeres que lloran en silencio para no preocupar a los demás. Mujeres que juntan fuerzas cuando sienten que ya no pueden más. Mujeres que atraviesan el miedo, la violencia, la desigualdad y el cansancio, pero que al día siguiente vuelven a levantarse porque la vida no les da tregua.

Y hay otras que aprendieron que el silencio también puede ser una condena y que, para cambiar las cosas, es necesario levantar la voz.

Por ellas, por las que estuvieron antes y por las que vendrán, los Encuentros Plurinacionales de Mujeres y Diversidades siguen siendo mucho más que una movilización. Son un lugar donde las historias individuales se convierten en una lucha colectiva, donde el dolor encuentra escucha y donde una mujer puede descubrir que aquello que creía que solamente le pasaba a ella también atraviesa la vida de muchas otras.

Cuando una mujer encuentra a otra, algo cambia

Durante tres días, Córdoba fue escenario del 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries. Hubo debates, talleres, abrazos, reclamos y una movilización multitudinaria que volvió a poner en las calles las demandas de quienes siguen luchando por una vida digna, libre de violencias y con igualdad de derechos.

Pero detrás de cada bandera hay una historia. Detrás de cada consigna hay una experiencia que dejó marcas. Detrás de cada paso hay alguien que tuvo que hacer un esfuerzo enorme para estar allí.

Porque no todas llegan desde el mismo lugar. Algunas viajan durante horas; otras dejan a sus familias organizadas para poder participar. Muchas hacen cuentas para pagar el transporte, la comida y el alojamiento. Algunas llegan con la bronca acumulada de todo un año; otras, con la esperanza de encontrar respuestas, compartir experiencias o simplemente sentirse acompañadas.

Y cuando se encuentran, sucede algo difícil de explicar a quien nunca lo vivió: una comprende que no está sola.

En esos espacios, una mujer puede contar lo que le pasó sin tener que justificar su dolor. Puede escuchar a otra y reconocer su propia historia. Puede descubrir que lo que durante años le hicieron creer que era una debilidad, en realidad, merece ser nombrado, discutido y transformado.

Allí, entre voces diferentes y realidades que no siempre coinciden, se construye una fuerza que no necesita que todas piensen igual para saber que ninguna debería tener menos derechos por ser quien es.

La lucha que no termina cuando se apagan los bombos

La lucha de las mujeres no empieza cuando se abre un encuentro ni termina cuando la última columna se retira de las calles.

Continúa el lunes, cuando una trabajadora vuelve a su empleo y descubre que su salario no alcanza. Continúa cuando una mujer denuncia una situación de violencia y no encuentra la respuesta que necesita. Cuando una madre debe insistir para conseguir atención médica para su hijo. Cuando una mujer con discapacidad enfrenta barreras que le impiden vivir con autonomía. Cuando las tareas de cuidado recaen casi por completo sobre ella y la sociedad las considera una obligación natural, como si cuidar no fuera también un trabajo.

Continúa en los barrios, en las escuelas, en los hospitales, en los lugares de trabajo y en cada hogar donde una mujer sostiene mucho más de lo que los demás alcanzan a ver.

Porque ser mujer no significa ser invencible. No significa poder con todo, soportarlo todo ni sonreír incluso cuando las fuerzas se terminan.

Las mujeres también se cansan. También necesitan ayuda, descanso, oportunidades y una vida propia. También tienen derecho a equivocarse, a cambiar de opinión, a elegir su camino y a no cargar con responsabilidades que deberían ser compartidas.

Y, sobre todo, tienen derecho a vivir sin miedo.

Por eso, hablar de la lucha de las mujeres no es hablar solamente de grandes marchas o de consignas que recorren el país. Es hablar de condiciones concretas de vida: de salarios dignos, de acceso a la salud y a la educación, de políticas públicas que protejan, de justicia ante las violencias y de una sociedad que deje de exigirles que sean fuertes todo el tiempo.

Derechos que costaron lágrimas, años y vidas

Las conquistas que hoy forman parte de la historia argentina fueron posibles porque hubo mujeres que se organizaron cuando parecía imposible cambiar la realidad. Mujeres que discutieron lo establecido, que desafiaron prejuicios, que marcharon, que reclamaron y que se negaron a aceptar que las cosas debían ser siempre de la misma manera.

La lucha por el aborto legal, seguro y gratuito, las movilizaciones de Ni Una Menos y los reclamos por una vida libre de violencias forman parte de esa memoria colectiva. Detrás de cada conquista hubo años de trabajo, discusiones, resistencias y una enorme cantidad de personas que decidieron no resignarse.

Pero ningún derecho puede darse por garantizado para siempre.

En el actual contexto político y económico, las participantes del Encuentro de Córdoba expresaron su preocupación por el ajuste, la precarización laboral, las desigualdades y el retroceso de políticas vinculadas con la prevención y la asistencia frente a las violencias de género. También reclamaron por la defensa de la salud, la educación pública, los derechos de las personas con discapacidad y las conquistas históricas del movimiento feminista.

Porque cuando se debilitan las redes de asistencia, cuando faltan recursos y cuando se reducen las respuestas institucionales, las consecuencias no quedan escritas únicamente en un presupuesto. Llegan a la vida cotidiana de las personas y golpean con especial fuerza a quienes ya enfrentan mayores desigualdades.

Por eso, encontrarse también es una forma de defender lo conseguido. Es recordar que detrás de cada derecho hay personas que lo necesitan y que perderlo puede significar volver a quedar solas frente a situaciones que deberían tener una respuesta colectiva.

Buenos Aires 2027: una nueva página de la misma historia

El cierre del 39° Encuentro dejó una decisión que marcará la próxima convocatoria: la Ciudad Autónoma de Buenos Aires será la sede del 40° Encuentro Plurinacional en 2027. La capital volverá a recibir este espacio de organización y debate, que tuvo allí su primera edición en 1986.

No será una edición más. Llegará en un año atravesado por las elecciones presidenciales y por profundas discusiones sobre el rumbo del país, los derechos sociales, las condiciones de trabajo y el lugar que ocupan las mujeres y las diversidades en la sociedad.

Buenos Aires recibirá a distintas generaciones, experiencias y organizaciones que llevarán sus reclamos, sus preguntas y sus propuestas. Llegarán mujeres que participan desde hace décadas y otras que quizá asistan por primera vez. Llegarán jóvenes que crecieron escuchando las historias de las que abrieron camino y mujeres mayores que todavía tienen mucho para contar.

Cada una llegará con su propia realidad, pero habrá algo que las una: la necesidad de construir un futuro en el que vivir con dignidad no sea un privilegio y en el que los derechos no dependan de cuánto dinero se tenga, de dónde se haya nacido o de cuánto se pueda soportar.

El próximo Encuentro será también una oportunidad para escuchar a quienes muchas veces quedan fuera de las discusiones: las mujeres de los barrios populares, las trabajadoras precarizadas, las jubiladas, las mujeres indígenas, las migrantes, las mujeres con discapacidad y todas aquellas que encuentran obstáculos para hacer oír su voz.

Porque ninguna lucha será verdaderamente colectiva si deja a alguien afuera.

Por todas las que siguen, incluso cuando están cansadas

Quizá la imagen más poderosa de estos encuentros no sea solamente la de una multitud avanzando por una avenida. Quizá sea la de dos mujeres que no se conocían y terminan abrazadas. La de una joven que descubre que otras lucharon antes que ella. La de una mujer mayor que mira a las nuevas generaciones y comprende que su historia no quedó atrás. La de alguien que, después de mucho tiempo, encuentra un lugar donde puede hablar sin sentir vergüenza.

Allí también está la lucha.

En el abrazo que sostiene. En la palabra que acompaña. En la mano que se extiende. En la decisión de no mirar hacia otro lado cuando otra mujer necesita ayuda.

Porque una sociedad más justa no se construye solamente con leyes. También necesita empatía, responsabilidad y la decisión de no naturalizar el sufrimiento ajeno.

A veces, la mujer que parece más fuerte es la que lleva años sosteniendo el mundo de los demás. A veces, la que reclama justicia es la misma que tuvo que aprender a reconstruirse después de una experiencia dolorosa. Y muchas veces, la que sale a luchar por los derechos de todas es también la que, al regresar a su casa, debe seguir enfrentando sus propias dificultades.

Por eso, no alcanza con aplaudir a las mujeres cuando marchan. Hay que escucharlas cuando denuncian, acompañarlas cuando necesitan ayuda y respetarlas cuando deciden vivir de una manera diferente a la que otros esperan.

Hay que comprender que la igualdad no es un favor, que el cuidado no puede ser una obligación exclusiva y que ninguna mujer debería tener que demostrar su fortaleza para merecer respeto.

En 2027, miles volverán a encontrarse en Buenos Aires. Habrá nuevas consignas, nuevas discusiones y una historia que seguirá escribiéndose. Pero, más allá de las banderas y de las voces que llenen las calles, la razón profunda de ese encuentro seguirá siendo la misma: que ninguna tenga que luchar sola por lo que debería ser un derecho de todas.

Porque la lucha de las mujeres no dura tres días. Está en cada jornada de trabajo, en cada cuidado silencioso, en cada denuncia, en cada conquista y en cada vez que una mujer decide volver a empezar.

Y mientras haya una mujer a la que le nieguen sus derechos, una que tenga miedo de volver a casa, una que no encuentre oportunidades o una que deba elegir entre sus necesidades y las de su familia, seguirá habiendo razones para encontrarse.

Porque una mujer no debería necesitar ser extraordinaria para tener una vida digna. Y porque ninguna conquista será completa mientras haya una sola que todavía tenga que pedir permiso para vivir en libertad.