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Mientras todos alentamos a los campeones del mundo, el Gobierno Nacional desmantela el sistema deportivo

Hay algo perturbador en ver a la Argentina jugar un Mundial. Mientras festejamos los resultados de los campeones del mundo, el Gobierno Nacional les recorta el 98,6% del presupuesto a los clubes de barrio. No es una contradicción menor, ni un dato técnico para especialistas. Es la radiografía de un país que consume sus propias raíces sin darse cuenta, o peor: dándose cuenta y eligiendo no importarle.

El Mundial 2026 tiene a Argentina entre los protagonistas. Messi corre, mete goles, bate records, el país se paraliza. La pasión es real, el orgullo también. Pero la Copa del Mundo no es solo un espectáculo: es un espejo. Y lo que refleja, si uno se anima a mirarlo de frente, no es solo gloria. Es también la historia de todo lo que este país eligió no construir para el deporte. Y es lo que sucede cuando un gobierno de turno decide tener un Estado ausente.

Lo que la FIFA paga y lo que el Estado recorta

La FIFA no es un organismo de beneficencia, pero tiene sus propias reglas de mercado. Para este Mundial informó que pagará a los clubes un mínimo de cinco mil dólares por día por cada jugador cedido a las selecciones.

Ese flujo existe. El negocio global del fútbol existe. La FIFA proyecta ingresos superiores a trece mil millones de dólares para el ciclo 2023-2026. La AFA ha sabido aprovechar este ciclo de campeones del mundo para crecer en sponsors y abrir su sello al mundo y las marcas.

Mientras tanto, el presupuesto nacional para deporte en 2026 cayó un 66% en términos reales respecto a 2023. Los clubes de barrio y pueblo, que son el corazón del deporte social argentino, recibirán apenas 250 millones de pesos en todo el año: un recorte del 98,6% frente a lo que recibían hace tres años. Es el primer gobierno que no destina ningún tipo de proyecto o programa para apoyar a los Clubes de Barrio. Los Juegos Nacionales Evita, histórica puerta de entrada al deporte federado para miles de adolescentes de todo el país, perdieron cuarenta disciplinas en dos años. Las becas a deportistas cayeron de 1.690 a 600.

No es un ajuste. Es un desmantelamiento. El presupuesto existe, pero hay una decisión política de no destinarlo al piso donde se forma el deportista. No llega al club de barrio donde un pibe de diez años aprende a patear por primera vez. No llega a la familia que hace una rifa para pagar el micro del fin de semana.

El talento no alcanza

Argentina produce jugadores extraordinarios. Eso es real y es genuino. Pero lo que el Mundial expone –si uno está dispuesto a verlo– es que ese talento no surge de la nada. Surge de décadas de acumulación silenciosa: de clubes que abren los sábados y domingos a la mañana, de entrenadores que cobran poco o nada, de familias que reorganizan el presupuesto semanal para que un chico pueda seguir compitiendo.

Lo que el Estado retira no desaparece en el aire. Lo absorbe alguien. Siempre lo absorben los mismos: las familias, los dirigentes, los vecinos que ponen el hombro porque creen que el club del barrio vale la pena. El problema es que esa red tiene límites. Y cuando el Estado la abandona de manera sistemática, los primeros en quedar afuera no son los que ya llegaron: son los que todavía no tuvieron la oportunidad de intentarlo.

Dicho de otro modo: el recorte no se ve en este Mundial, como dijimos antes la AFA tiene un proyecto que piensa en el desarrollo. Se ve en los Juegos Olímpicos, en los Panamericanos. Y sobre todo en las redes sociales donde cientos de deportistas de representación nacional salen pidiendo ayuda para poder viajar a competir representando nuestro país.

El espejo incómodo

Hay una paradoja que merece nombrarse. El país figura entre los mercados más apasionados del torneo a nivel global. El fútbol mueve emociones, consumo, identidad. Las marcas lo saben. Las empresas lo saben. El gobierno también lo sabe: el festejo mundialista es políticamente conveniente.

Pero el deporte no es solo fútbol, y el fútbol no es solo la Selección. Detrás de cada jugador que hoy viste la celeste y blanca hay una historia que empieza mucho antes del estadio: en una canchita de tierra, en un club sin vestuario, en una familia que apostó cuando nadie garantizaba nada. Ese es el sistema que se está desfinanciando. Ese es el semillero que se está cerrando, no de golpe, sino por acumulación de abandono.

La pregunta no es si Argentina puede ganar este Mundial. La pregunta es cuántos chicos con el talento de los que hoy juegan no van a tener la oportunidad de intentarlo, porque la beca ya no existe, porque la rifa no alcanzó, porque el club tiene tantos problemas que resolver que no le alcanza para resolverlos todos. Cada actividad deportiva que deja de realizarse tiene consecuencias que van mucho más allá de una cancha. Impacta en la salud, en la educación, en la vida comunitaria y en las oportunidades de miles de jóvenes. Cuando un país abandona el deporte, no pierde solamente atletas. Pierde espacios de encuentro, integración, prevención y desarrollo.

Lo que el espejo no muestra por sí solo

El Mundial es una fiesta. Y las fiestas sirven para algo: para sentir que hay algo en común, algo que vale la pena defender. Pero también pueden ser una cortina. Una forma de no mirar lo que pasa cuando se apagan las cámaras, como lo intentó ser el del 78, para esconder la sangrienta dictadura.

Las potencias deportivas no son el resultado de generaciones excepcionales. Son el resultado de decisiones sostenidas. Argentina tiene el talento, tiene la pasión, tiene la infraestructura mínima todavía en pie, aunque cada vez más deteriorada. Lo que no tiene es la decisión política de sostener un proyecto deportivo.

Mientras el país festeja en las calles, los clubes de barrio, las federaciones y los deportistas están solos. Y eso, más temprano que tarde, se va a notar en las canchas.

* Coordinador Ejecutivo del Observatorio Metropolitano de la UMET