Por Gemma y por todas: el grito de una sociedad que exige justicia
San Juan volvió a salir a las calles para pedir justicia por Gemma Álvarez. Pero detrás de cada cartel, cada bandera y cada lágrima hubo algo mucho más profundo: el grito de una sociedad que ya no quiere seguir contando mujeres asesinadas por quienes alguna vez dijeron amarlas.
Ayer, miércoles 12 de agosto, familiares, amigos, organizaciones sociales y referentes de la lucha contra la violencia de género marcharon por las calles de San Juan bajo una consigna que duele y que, al mismo tiempo, exige respuestas: “Justicia por Gemma”.
La movilización comenzó en Plaza Laprida, pasó por el Centro de Abordaje de Violencia Intrafamiliar y de Género (CAVIG) y llegó hasta Tribunales, donde familiares y organizaciones hicieron escuchar su reclamo.
Al frente estuvo Griselda Álvarez, la mamá de Gemma. Una madre que tuvo que despedir a su hija para ir a trabajar y que nunca volvió a verla. Una madre que ahora tiene que encontrar la manera de explicarle a una niña por qué su mamá ya no está.
Y quizás sea imposible encontrar palabras para explicar semejante ausencia.
Gemma tenía 34 años. Era trabajadora de la salud y tenía una hija. El 30 de julio fue asesinada en la zona de La Costanera, en Chimbas, cuando se dirigía a trabajar. La investigación sostiene que su expareja, Matías Exequiel Marín, la persiguió en un vehículo, la interceptó y la atacó con un arma blanca. La autopsia determinó que recibió 31 puñaladas.
Pero hay un dato que vuelve todavía más dolorosa esta historia: Gemma había denunciado a su expareja y existía una restricción de acercamiento vigente.



La pregunta entonces vuelve a aparecer, una y otra vez: ¿cómo puede ser que una mujer pida ayuda, denuncie, obtenga una medida de protección y aun así termine asesinada?
Ese fue también uno de los reclamos centrales de la marcha. No solamente justicia para Gemma, sino respuestas sobre las herramientas que existen para proteger a las mujeres que atraviesan situaciones de violencia.
Una condena que no devolverá a Gemma
Desde lo personal, resulta imposible mirar esta historia solamente como un expediente judicial.
Porque detrás del expediente está Gemma.
Está una mujer que tenía una vida, proyectos, una familia, una hija que la necesita y personas que la esperaban todos los días.
Y nada de lo que ocurra de ahora en adelante podrá devolverla.
Ninguna condena podrá hacer que vuelva a entrar por la puerta de su casa. Ninguna sentencia podrá devolverle a su hija los abrazos de su mamá. Ningún fallo podrá borrar de la memoria de su familia la imagen de una mujer que salió a trabajar y nunca regresó.
Pero eso no significa que la Justicia pueda mirar hacia otro lado.
Tiene que haber justicia. Tiene que haber una condena ejemplar, dentro de lo que establece la ley, para quien resulte responsable.
No para devolverle la vida a Gemma, porque eso es imposible.
Sino porque una sociedad que permite que un femicidio quede impune termina enviando un mensaje todavía más doloroso a quienes hoy viven situaciones de violencia.
Gemma no puede volver.
Pero su nombre puede convertirse en una bandera.
No queremos otra Gemma
Lo ocurrido no puede reducirse a una historia de celos, de una separación conflictiva o de una relación que terminó mal.
Cuando un hombre persigue, amenaza, hostiga, controla y finalmente mata a una mujer, estamos frente a una expresión extrema de violencia de género.
Y no podemos naturalizarla.
No podemos acostumbrarnos a escuchar que una mujer había denunciado antes de ser asesinada.
No podemos aceptar que una restricción de acercamiento sea solamente un papel si detrás de ese papel no existen mecanismos capaces de garantizar que esa mujer esté realmente protegida.
No podemos pedirle a una mujer que denuncie y después dejarla sola con su miedo.
Porque denunciar debería significar estar más protegida, no quedar expuesta.
La marcha de ayer fue también por eso.
Por Gemma, pero también por todas las mujeres que hoy tienen miedo.
Por las que denuncian.
Por las que todavía no pueden hacerlo.
Por las que están intentando escapar de una relación violenta.
Por las que ya no están.
Y por esa pequeña hija que crecerá sin su mamá y que algún día preguntará qué pasó.
Ojalá podamos darle una respuesta que no sea solamente que su mamá fue otra víctima de la violencia machista.
Ojalá podamos decirle que su mamá fue escuchada, que su muerte no quedó impune y que su historia ayudó a cambiar algo.
Justicia por Gemma. Justicia por todas.
Hay dolores que no deberían existir.
El dolor de una madre despidiendo a su hija.
El dolor de una niña creciendo sin su mamá.
El dolor de una familia que intenta reconstruir su vida después de una tragedia que jamás debió ocurrir.
Por eso, hoy no alcanza con indignarnos.
Necesitamos justicia. Necesitamos prevención. Necesitamos respuestas institucionales eficaces. Necesitamos que las medidas de protección sean realmente protección. Y necesitamos una sociedad que deje de justificar, minimizar o naturalizar las conductas violentas.
Porque un femicidio no comienza cuando llega el último golpe.
Muchas veces comienza mucho antes: con el control, con los celos, con el hostigamiento, con las amenazas, con el miedo.
Y cuando una mujer dice “tengo miedo”, hay que escucharla.
Ayer San Juan marchó por Gemma.
Y quizás lo más importante sea que su nombre no quede solamente asociado a la tragedia.
Que quede asociado al reclamo.
A la memoria.
A la lucha.
A la exigencia de que ninguna otra mujer tenga que convertirse en una noticia para que todos entendamos que había que protegerla.
Gemma ya no puede volver con su mamá, con su familia ni con su hijita. Eso es una herida que ninguna sentencia podrá cerrar.
Pero sí podemos exigir que haya justicia.
Una justicia firme, contundente y acorde con la gravedad del crimen.
Justicia por Gemma.
Justicia por las que ya no están.
Justicia por las que todavía están luchando.
Y que ninguna mujer más tenga que morir para que finalmente decidamos escucharla.

